Artículo #244
El vino dulce y el prejuicio amargo
En Chile, el vino forma parte del imaginario identitario y del relato nacional. Sin embargo, dentro de ese universo simbólico, los vinos dulces suelen ocupar un lugar marginal. Pese a su diversidad —Late Harvest, moscateles, espumantes, chicha, pipeño, pajarete o asoleado— y a su profunda raigambre histórica —algunos con Denominación de Origen desde hace más de medio siglo—, persiste el prejuicio de que se trata de productos menores, simples o carentes de sofisticación.
Texto destacado
Los vinos dulces ocupan un lugar histórico y cultural relevante en la vitivinicultura chilena, pero arrastran prejuicios asociados a sofisticación y estatus. Entre consumo cotidiano, identidad popular y nuevos públicos, el debate sobre lo dulce revela tensiones profundas entre gusto, cultura del vino e inclusión.
Este desdén no es casual. Se vincula a una noción cultural muy arraigada: la idea de que “saber de vino” implica dominar un código técnico específico, asociado a la sequedad, la complejidad aromática y el discurso experto. En ese marco, quienes disfrutan sabores dulces, o no manejan ese lenguaje, quedan simbólicamente excluidos. El gusto se transforma en frontera.
Durante décadas, el vino se consolidó como un marcador de estatus cultural. Los vinos dulces, en cambio, fueron relegados a una categoría casi infantil, tolerada pero no celebrada. Sin embargo, los datos muestran una realidad muy distinta. El dulzor sigue siendo un factor decisivo en la elección de consumo. Entre jóvenes menores de 30 años, más del 60 % declara consumir preparaciones como terremoto, melón con vino o borgoña, todas elaboradas a partir de vinos dulces o semidulces (Criteria/Wines of Chile, 2025).
Paradójicamente, esas bebidas —frecuentemente criticadas por su supuesta falta de sofisticación— son hoy una de las principales puertas de entrada al mundo del vino para nuevos públicos. Ofrecen una experiencia más amable, menos intimidante, que privilegia el placer inmediato por sobre la evaluación técnica. El mercado confirma esta tendencia: las ventas de Late Harvest crecieron cerca de un 60 % en 2021 y hoy representan el 16 % del segmento, lo que evidencia que la preferencia por la dulzura no es pasajera, sino sostenida (Urrunaga, 2021).
Aun así, el vino enfrenta una barrera cultural profunda. Solo el 13 % de los adultos en Chile consume vino semanalmente, y un 42 % considera que el vino es “una bebida para gente que sabe” (Criteria/Wines of Chile, 2025). El problema no está en el paladar, sino en el imaginario. Cuando la propia industria desprecia o invisibiliza las formas más accesibles de consumo, se aleja de quienes podrían revitalizarla.
El desafío, entonces, es de inclusión. El vino necesita volver a ser una bebida compartida, no un examen de conocimiento. Recuperar su dimensión cotidiana —el vino de la conversación, del almuerzo, de la sobremesa— implica aceptar que existen múltiples formas legítimas de disfrutarlo, y que ninguna agota su significado cultural.
El contexto global refuerza esta urgencia. En 2024, el consumo mundial de vino cayó un 3,3 %, mientras que en Chile el descenso alcanzó el 14 % (OIV, 2024). Frente a este escenario, la preferencia por vinos dulces y estilos amables representa una oportunidad concreta. Viñas grandes y medianas ya han respondido mediante blends, vinos aromatizados y cocktails de base vínica, en sintonía con las tendencias contemporáneas.
Integrar estos estilos en la formación, en las catas y en la comunicación no implica bajar estándares, sino ampliar públicos. Eso sí, esta apertura exige transparencia: distinguir entre vinos dulces auténticos y bebidas artificialmente endulzadas es clave para proteger al consumidor y fortalecer la confianza. Democratizar no equivale a simplificar, sino a abrir el acceso al conocimiento y valorar la diversidad del gusto.
En este proceso, los comunicadores del vino cumplen un rol decisivo. Son quienes traducen el lenguaje técnico en experiencias cercanas, capaces de despertar curiosidad y formar paladares sin imponer jerarquías. El ejemplo de Pascual Ibáñez resulta especialmente ilustrativo. Su lema —“el que sabe degustar, sabe elegir”— condensaba una visión del vino como parte de la vida cotidiana.
Durante la pandemia, llevó esa idea a su canal de YouTube, donde comenzó a catar productos de la despensa diaria —atún en conserva, cervezas industriales, chocolates o leche— con la convicción de que comprender el gusto es una habilidad transversal, no un privilegio experto. No buscaba formar especialistas, sino mostrar que el conocimiento del paladar nace de la experiencia. Porque, en el fondo, el problema nunca ha sido lo dulce del vino. El verdadero prejuicio está en creer que existe una sola forma correcta de disfrutarlo.
Referencias:
1. International Organisation of Vine and Wine (OIV). (2024). State of the World Vitivinicultural Sector in 2024.
2. Urrunaga, Carla (2021) Los vinos dulces y su consumo en el mercado chileno. https://chezcarlita.com/los-vinos-dulces-y-su-consumo-en-el-mercado-chileno/
3. Criteria Research. (2025). Estudio de hábitos de consumo de vino en Chile. Presentación interna difundida por Vinos de Chile A.G.
Sobre la autora:
Marisol Vega Medina es Máster en Negocios Internacionales e Ingeniera Comercial por la Universidad Andrés Bello. También es Actriz por la Universidad Mayor. Diplomada en comunicación del vino, Universidad Andrés Bello. Socia en “El Vino es de Todos SpA” y Secretaria Académica en el Campus Creativo UNAB.
NOTA: Este artículo ha sido publicado en colaboración con el Diploma en Comunicación de Vinos de la Universidad Nacional Andrés Bello.