Artículo #243
Vinos orgánicos ¿Revolución enológica o espejismo verde?
El auge de los vinos orgánicos instala una pregunta que atraviesa hoy al mundo del vino: ¿estamos ante una verdadera revolución enológica, capaz de redefinir la relación entre vino y territorio, o frente a una tendencia amplificada por el llamado marketing verde?
Texto destacado
Los vinos orgánicos emergen como una respuesta a las crecientes demandas de sostenibilidad, transparencia y respeto por el entorno en la vitivinicultura contemporánea. Entre promesas de mayor autenticidad enológica y cuestionamientos sobre su viabilidad técnica, económica y ambiental, este modelo productivo se mueve en una zona de tensión donde conviven convicción ética, regulación, mercado y comunicación.
En su formulación más ambiciosa, la vitivinicultura orgánica propone reducir o eliminar insumos químicos de síntesis, respetar los ciclos naturales del viñedo y favorecer una expresión más directa del suelo y del entorno. La promesa es atractiva: vinos más “auténticos”, ambientalmente responsables y culturalmente coherentes con una sensibilidad contemporánea que exige transparencia y compromiso.
Sin embargo, la sostenibilidad del modelo sigue siendo objeto de debate. La menor escala productiva, los mayores costos operacionales y las barreras asociadas a la certificación dificultan su masificación. A ello se suma una pregunta menos visible, pero clave: ¿hasta qué punto el impacto ambiental positivo en el viñedo se mantiene cuando se considera toda la cadena productiva, desde la mano de obra hasta la logística y la distribución?
Las normativas internacionales reflejan bien estas tensiones entre ideal y viabilidad técnica. En Europa, el Reglamento CE 889/08 prohíbe prácticas como la desalcoholización y establece límites estrictos al uso de sulfitos: 100 mg/l para vinos tintos y 150 mg/l para blancos. En Estados Unidos, el National Organic Program (NOP) distingue entre vinos “orgánicos” y vinos “hechos con uvas orgánicas”, una diferencia que revela el delicado equilibrio entre pureza conceptual y factibilidad enológica.
Desde el punto de vista ambiental, los beneficios son evidentes: menor contaminación de suelos y aguas, mayor biodiversidad y un enfoque productivo menos agresivo. No obstante, estos beneficios vienen acompañados de una mayor demanda de trabajo manual, una logística más compleja y, en algunos casos, una huella indirecta que relativiza la supuesta superioridad ambiental del sistema cuando se lo analiza de manera integral.
Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. En 2024, Chile exportó 777 millones de litros de vino, con un crecimiento del 15 % en volumen y del 5,4 % en valor. Si bien las estadísticas oficiales no desagregan el segmento orgánico, la sostenibilidad aparece como una tendencia transversal en los informes sectoriales. Argentina, por su parte, pasó de exportar apenas 4.428 litros de vino orgánico en 2014 a cerca de 1,5 millones de litros en 2024. Hoy, los viñedos orgánicos representan aproximadamente el 4,4 % del total, con tasas de crecimiento anual cercanas al 38 % entre 2018 y 2021. Aun así, a escala global, este tipo de vinos no supera el 5 % del mercado, lo que revela tanto su potencial como sus límites actuales.
El impulso generacional resulta clave. Millennials y centennials lideran la preferencia por vinos orgánicos, dispuestos a pagar entre 13 y 16 dólares por botella, motivados por criterios de salud, autenticidad y responsabilidad ambiental. Pero aquí conviene detenerse en los conceptos. Una tendencia suele ser un cambio de hábitos con vocación transitoria, susceptible de diluirse. El marketing verde, en tanto, es una estrategia comunicacional que enfatiza atributos ecológicos para captar consumidores, a veces con mayor fuerza discursiva que respaldo práctico.
La vitivinicultura orgánica representa, sin duda, una alternativa ética y ambientalmente más cuidadosa dentro del sector. Su crecimiento responde a una demanda de consumo consciente, pero también a una búsqueda más profunda de sentido y autenticidad enológica. Para que este movimiento se convierta en una verdadera revolución, y no en un espejismo, deberá superar desafíos estructurales: aumentar escala sin perder coherencia, simplificar procesos de certificación, integrar dimensiones sociales y asegurar una trazabilidad robusta y creíble.
Más allá del marketing verde, el vino orgánico plantea una pregunta esencial para el presente y el futuro del sector: ¿puede el vino transformarse en un vehículo de cambio cultural, ambiental y económico? Si la respuesta es afirmativa, entonces estamos ante una oportunidad histórica para redefinir no solo cómo se produce el vino, sino también cómo se entiende su vínculo con la tierra y con quienes la habitan.
Referencias bibliográficas:
1. International Organisation of Vine and Wine (OIV). Sustainable viticulture: environmental, social and economic dimensions.
2. Wine Searcher. Organic Wine: What It Is and Why It Matters.
3. Decanter. Biodynamic wine: science or pseudoscience?
4. Wine Enthusiast. Can You Taste the Difference in Organic Wines?
5. Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), Argentina. Informe sobre producción y exportación de vinos orgánicos 2024.
6. Journal of Wine Research. Soil microbiota and terroir expression in organic viticulture.
7. USDA National Organic Program; Reglamento CE 889/08 de la Unión Europea. Normativas sobre producción y etiquetado de vinos orgánicos.
8. GreenNetwork. Vitivinicultura sostenible en Chile: Viña Montes, Santa Rita y Concha y Toro como referentes.
9. Universidad de Chile. Investigación del mercado de vinos de producción orgánica y biodinámica en la Región Metropolitana.
10. Pontificia Universidad Católica de Chile. Acciones para una vitivinicultura sustentable e inocua.
11. Vinetur. Chile avanza en la vitivinicultura de precisión y sostenibilidad.
12. Naturland y Demeter. Estándares de certificación para vinos orgánicos y biodinámicos.
13. The Guardian. Is organic wine really sustainable?
Sobre la autora:
Laura Hernández Bethermyt es abogada y asociada senior del estudio Alessandri Abogados (Chile), donde se desempeña como encargada del Departamento Internacional de Propiedad Intelectual. Es titulada en Derecho por la Universidad Santa María (Caracas, Venezuela) y cuenta con una especialización en Propiedad Intelectual otorgada por la Universidad de Los Andes.
Posee un Diplomado en Gerencia de Empresas para Abogados de la Universidad Católica Andrés Bello, y ha cursado el Programa de Inteligencia de Negocios para la Gerencia Corporativa e Institucional de la Universidad Monteávila. En el ámbito vitivinícola y comunicacional, es diplomada en Comunicación de Vinos por la Universidad Andrés Bello (Santiago de Chile).
Es miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Propiedad Intelectual (ELAPI) y participa activamente en organismos internacionales del sector, siendo Delegada por Chile de la Asociación Interamericana de la Propiedad Intelectual (ASIPI), además de miembro de la International Trademark Association (INTA), integrando diversos comités especializados.
NOTA: Este artículo ha sido publicado en colaboración con el Diploma en Comunicación de Vinos de la Universidad Nacional Andrés Bello.